La joven pelirroja cerró la puerta con decisión, pero siguió mirándola durante un largo rato. Su compañera, la joven morena de ojos como aceitunas, la contemplaba en silencio unos pasos por detrás. Mercedes y Esperanza. Esperanza y Mercedes. Habían crecido juntas y ahora juntas se hallaban frente al peligro. Aquel era el peligro de lo conocido, el peligro que te apunta con una pistola imaginariamente letal en la mismísima sien.
Mercedes guardó la munición en el bolsillo de la chaqueta y se dispuso a calmar sus temblorosas manos con un cigarillo. El sabor amargo del tabaco la ayudaba a calmar su respiración, manteniendo sus manos ocupadas en una acción simple y monótona que conocía bien. Tantas tardes interminables en la cantina que había matado fumando a escondidas. Ahora de repente todo aquel estrés parecía un juego de niños. Hacer memoria le había provocado un suspiro involuntario, que le recordó de repente el peso del fusil que llevaba al cuello, cual soga de reo a muerte.
- Míralo qué bonito el pueblo. Míralo Mercedes, que puede ser la última vez. – dijo Esperanza con otro suspiro acongojado, de esos que no puedes evitar dejar salir como pequeños gritos de auxilio asfixiados.
- Pero qué dices tonta, cómo va a ser la última vez.- dijo Mercedes entre calada y calada.- Ya verás como en nada volvemos, que esto no va a ser nada.
Con estas palabras tiró lo que quedaba del cigarrillo al suelo, en un gesto de aparente seguridad que le quedaba demasiado grande. Esperanza la miró con una sonrisa triste dibujada en la cara. Hay que ver qué alegre puede llegar a ser la ignorancia, pensó. Y qué hipócrita que es el saber, se dijo a sí misma en susurros. Mercedes hizo como que no oyó nada, pero sí que estaba escuchando.
Tras mirar la casa una vez más, ambas se dispusieron a emprender su camino a pie, una al lado de la otra, sendos fusiles colgando de un brazo, preparadas para una larga jornada rumbo a Madrid. Cada paso iba siendo una reafirmación en sus principios, era su pequeña forma de decirle a ese peligro conocido que ellas no tenían miedo. Que tenían frío, hambre y cansancio pero que miedo no. Y que estaban listas para lo que fuera a pasar. Porque una vida de encierro y luto no se la deseaban a nadie, mucho menos a ellas mismas. Porque a Esperanza y a Mercedes no las iba a callar nadie.
Las margaritas ya habían empezado a florecer entre los matojos de la cuneta. Las flores de almendro les iban marcando el camino a lo largo del sendero. Las dos iban agarrando la correa del fusil con fuerza, como si de un escudo se tratase, hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos. Las respiraciones acompasadas por aquella carretera provincial eran lo único que perturbaba la perfecta paz primaveral de aquel bosque. Y más adelante llegarían al río, y lo pasarían pasito a paso. Hasta que allá, a lo lejos, dejaron de ver el pueblo.




